Celaya

DOBLE O NADA.  Las manos vacías.  José Luis Ramírez

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“Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados, en el fondo oscuro y fresco de una vasija de barro”. Ella estaba a tres metros escuchando esta vieja canción ecuatoriana, que fue parte de una cultura musical de finales de los años setenta. Recordé cuando le pregunté si podía entrevistar a miembros de las familias de las personas que habían sido ejecutadas el 5 de agosto en la colonia ejidal. En este momento pude entender el dolor, la impotencia y el miedo cuando me dijo qué no. Entendí ahora, que su firma de días anteriores, no solo era un acto de hartazgo, sino que estaba depositando en unas líneas de tinta azul, el dolor, el recuerdo y el deseo de justicia.

 

Conocí a Marcial, cuando la música llamada “folclórica” llegó como una marea para estremecernos con el canto de toda américa latina. Violeta Parra, Víctor Jará, Oscar Chavez, Zitarrosa, Viglieti, Amparo Ochoa, Atahualpa Yupanki, Mercedes Sosa, fueron llenando los espacios musicales con jaranas, cajón peruano, flautas, zampoñas, con ritmos de cuecas chilenas, versos de Martí, yaravís ecuatorianos, zambas.  Las ideas políticas estaban cobijadas de ternura, generosidad, y de cierta ingenuidad; solo la alevosía de Aute, era para una insurrección a favor del amor.

Ahora me pregunto, ¿Cuántas familias que llegaron a firmar traían en su mente y en su corazón el dolor por los seres queridos que están muertos, lastimados o desaparecidos? Muchos tuvieron el valor de decirnos cara a cara, la impotencia y la frustración que han sufrido cuando nadie les extendió la mano, y cuando la autoridad solo los trató como un folio mas de sus archivos.

Estoy sentado escuchando el Ensamble de música latinoamericana de la Universidad de Guanajuato, Marcial lo dirige, son cerca de 40 jóvenes que cantan y tocan no solo versos y ritmos, sino evocan una historia y una cultura que hizo latir el corazón de millones de los otrora jóvenes latinoamericanos. Que desde luego, le dio, como dijera Víctor Jara, sentido y razón a la guitarra, pero también a la reivindicación social, que hizo de la utopía un camino y a veces, un objetivo.

Tengo en la memoria, rostros de tristeza, de desesperanza, de enojo, de rabia. Escuché palabras de resignación pero no de olvido. Cada persona que llegó a firmar tenía motivos muy fuertes para hacerlo. No era un acto común. El recuerdo de las ejecuciones por protestar, por denunciar está fresco. La amenaza está en el aire, pero no impidió que cientos de personas estamparan su nombre y firma. En esos días jóvenes, mujeres, ancianos, trabajadores ricos, o pobres, por primera vez en muchos años en una hoja de papel demostraron que están unidos. Que la violencia es un infierno inmerecido.

Oscar Chávez hizo famoso el poema de José Martí, La niña de Guatemala. El ensamble está dividido: a mi izquierda la mayoría son mujeres, a la derecha los hombres, todos ataviados de negro, hay algunos rostros transformados en calaveras. Me llama la atención un instrumento que no se usaba antes, el acordeón. Sus rostros muestran agrado, bailan con cierta discreción, y cantan con voz grave: “Entró de tarde en el río la sacó muerta el doctor, dicen que murió de frío, yo sé que murió de amor…”.

Llegan a la mesa, firman. La señora Marta habla, su voz es seca, sin emoción. Ha perdido todo su patrimonio: una máquina de coser y accesorios con los que se ganaba la vida desde hace once años. No tiene nada, solo una promesa de un préstamo que sabe que no podrá pagar. Su mirada de pronto se enciende, y me dice que va empezar de nuevo…

El cóndor pasa, fue el icono musical de una generación que libró la lucha en contra de las dictaduras latinoamericanas. Su ritmo de pronto melancólico, se convierte en una fiesta musical para los oídos. Marcial lo sabe. El recuerdo, es una ráfaga al pasado. El tiempo de los sueños, el tiempo de lo imposible cuando el paisaje urbano era una promesa, hoy sigue lejos. Hubo un tiempo que la américa de habla hispana, habló otro lenguaje, el de la música y el arte. Hoy parece que despierta, pero cada una vive su propio purgatorio.

Desde febrero está desaparecido mi hijo; entraron a la casa de mi madre y nos robaron todo; a mi hijo lo han asaltado tres veces en el camino a la escuela; me han robado dos camionetas; los policías me asaltaron; mi padre cerró su restaurante y mis tres hermanos se quedaron sin trabajo; cerré mi negocio y trabajó fuera, veo a mis hijos cada semana… cada firma es un desahogo, es como aflojar una cadena que oprime la garganta y el corazón. Las firmas, una a una, van llenando cientos de hojas, sí hay temor pero el futuro es rescatable.

Ha transcurrido mas de una hora del concierto, el saloncito es pequeño y caluroso. Es el edificio contiguo al exconvento de San Agustín, ha sido una oportunidad para escuchar la música de mi niñez y adolescencia. Cada familia, cada joven tiene planes para el futuro. Me pregunto, ¿en qué momento perdimos la brújula?  ¿Cuándo se nos fue Celaya de las manos? Hace años, con el Ingeniero Antonio Chaurand, este lugar lo recorríamos y se hacían planes para un jardín del arte, para un teatro. No había incertidumbre, ni siquiera advertíamos la sombra del crimen y la violencia. Hablábamos en voz alta del futuro…

Las preguntas se hacen por rutina, ¿qué pasará con las firmas? ¿Quién será el presidente? ¿Cuántas firmas se necesitan para quitarla? Cada día que pasa, hay menos preguntas y mas firmas. Hay una transformación en la actitud de la gente, pasan y preguntan ¿Cuántas llevamos? ¿Ya mero terminamos? La tercera persona del plural, nos protege. Ahora somos un todo, no estamos solos, ni ellos ni nosotros.

Terminó el concierto, camino con mi hermano Juan Miguel y Laura, rumbo a la salida. El espacio donde deberían de haber esculturas, fuentes, bancas, farolas está ocupado por automóviles oficiales, es un estacionamiento. Hace no menos de una hora, en este mismo foro, en una ponencia se dilucidaba la ausencia de “consumidores” de arte y cultura. Los automóviles y camionetas ordenados en escuadra, son la respuesta.

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